Los intelectuales españoles
es un artículo de Fito Rodríguez publicado en el nº del 4 de agosto de 1999 de GARA relatando una vivencia propia de la alienación de los intelectuales españoles.
Fito Rodríguez Bornaetxea Profesor de la UPV-EHU
Voy a escribir estas líneas en román paladino para que las entiendan aquí y para que las entienda el vecino.
Aquellos sesudos especialistas y aguerridos antropólogos que escriben sobre nosotros (los vascos) como problema, y en esa línea de acercamiento patologizante tratan de explicarnos, no nos entienden cuando escribimos en vasco, aunque nosotros, los vascos "explicados", sí que los entendemos cuando se explican en español, francés, inglés y demás. Esta pequeña diferencia, a pesar de que todos sepamos hablar, leer y escribir, marca una asimetría fundamental en el conocimiento que aquéllos pueden tener sobre nosotros y aquel que nosotros podamos tener sobre ellos.
Viene esto a cuento de un curso que, titulado "La violencia como antítesis del Derecho" y organizado por la Universidad Internacional de Verano de Andalucía, ha tenido a bien invitarme recientemente a su sede de La Rábida (Huelva) en calidad de profesor de la Universidad del País Vasco en torno a un elenco vasco intelectual de la talla de Consuelo Ordóñez, Carlos Iturgaiz, Ramón Jáuregui o Mayor Oreja (que al final no asistió), además de otra serie de juristas, filósofos o antropólogos que suelen dar en el Estado, así mismo, lecciones de reconocido prestigio sobre "la situación de violencia en el País Vasco".
La constatación fundamental a reseñar de este mi efímero y reciente contacto con la intelectualidad pensante española es que tiene muchísima información sobre nuestro pueblo (seguramente más que sobre los propiamente suyos) y que, además, casi toda esa información es mala. No solamente malintencionada ideológicamente, sino mal construida, es decir, apenas contrastada con otras fuentes de datos, con una imposibilidad flagrante para comparar discursos (y por lo tanto para la necesaria criba crítica) y con una opinión simplista y monotemática frente a una realidad compleja y poliédrica como es la nuestra, y por otra parte, como ya nos enseñaron Jesús Ibañez y Edgar Morin, la de cualquier situación sociológicamente conflictiva.
Las consecuencias de esta constatación son varias y evidentes. Para empezar, parece claro que son un ejemplo de pensamiento alienado en el sentido clásico del término ("ser en otro") ya que parecen pensar más en nuestro propio bien (el de los vascos, se entiende) que en el suyo propio, aunque, creo, que como en toda situación de enajenación, se trata más de una apariencia que de una aseveración de fondo, ya que fundamentalmente defienden así una situación de privilegio y dominación colonialista.
De esta línea de abundancia informativa repetitiva se desprende otra consecuencia no menos grave para una comunicación simétrica, horizontal y comprensiva, que quizás sea el fundamento de la actual situación de incomprensión asimétrica, vertical y de imposición que caracteriza las relaciones políticas e ideológicas entre lo vasco y lo español, y es la tremenda fuerza de la inercia que acompaña a una información que se reitera hasta la saciedad por muy distintos canales y que dificulta, cuando no impide, la simple comprensión de "otros datos y/o consecuentes formaciones discursivas", que diría M. Foucault.
En "La Rábida", al pairo del muelle de las carabelas desde el que partió Colón a descubrir... el colonialismo, aportación fundamental de lo español a la historia de la humanidad, me he sentido como "el espécimen de habitante de otras tierras" a colonizar que describe el corsario genovés al servicio de la Corona española.
En la Universidad Internacional de Andalucía las actitudes tanto del respetable público como del resto del cartel de diestros maestros, han hecho de mí lo que un conocido comunicador del pensamiento español (Jesulín de Ubrique) comenta a menudo: me han hecho sentir como un toro. Noble, "bragao", que "derrota" a la izquierda, pero al que no hay que perdonar. Menuda faena supone el intentar comunicar, no ya el discurso del independentismo, sino simplemente los contenidos del acuerdo de Lizarra-Garazi a unas personas inteligentes pero, eso sí, incluso a pesar suyo, muy españolas... aunque sepan leer y se les entregue el propio texto en español, el metalenguaje de aquel contexto impide la inteligibilidad del mensaje por claro y evidente que sea...
Me parece, pues, lógico y motivo de orgullo para los vascos que aquellos escritores españoles, franceses u otros que han sabido mantener con nuestro pueblo unos niveles de comprensión horizontal, la valentía intelectual necesaria y el compromiso solidario de denuncia de la colonización ideológica, hayan optado por conocernos de cerca y hablar con nosotros y no tanto de nosotros. De la, por fortuna, larga y prestigiosa lista (J.P. Sartre, F. Chatelet, P. Vilar, G. Heraud, D. Langlois, G. Perrault, N. Chomsky, W. Douglass, A. Sastre. A. Pérez Esquivel...) me gustaría recordar especialmente a aquel que, habiendo sido la figura representativa de los intelectuales españoles, antifascista y defensor radical del pensamiento republicano hasta su muerte, tuvo que, como hoy me ha tocado a mí, viajar para pensar, escribir y vivir (y morir) libremente por el camino que le llevó desde Huelva hasta Donostia. José Bergamín escribió en el desaparecido "Egin": "No se puede exterminar a los pueblos cuando sus hombres mueren por ellos. Mueren y matan. Porque pelean de verdad por su verdad. Un resistente es todo lo contrario de un terrorista".
Parece que la intelectualidad española actual, sin embargo, sigue queriendo reducir su disidencia vasca a terrorismo. Jesulín de Ubrique es su modelo. *